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Nepo, el comandante más joven en la lucha contra la dictadura

Nepo, el comandante más joven en la lucha contra la dictadura

El 14 de enero de 1946 nació Adolfo Wassen Alaniz el Comandante tupamaro más joven.

El Nepo” se crió en el barrio La Unión. Estudiante de Derecho, dirigente del CED y de la FEUU,  funcionario de la Biblioteca Nacional y Comandante  General de Montevideo del MLN (T), fue detenido en mayo del ’72.

Rehén de la dictadura junto a Sendic, Manera Lluveras, Engler, Mujica. Marenales,  Fernandez Huidobro, Rosencoff y Zabalza, falleció en prisión con un cáncer en la garganta, a los 38 años de edad.

Carta escrita  en el Hospital Militar  por el comandante tupamaro Adolfo Wassen Alaniz el 27 de agosto de 1984

“Compañeras. Salud!

¿Cómo andan? Espero que bien.

Yo aquí, pensando que quizás pueda ser un aporte relatar lo que fueron mis dos últimos años en Durazno, tomando en cuenta el hecho de que estaba en pleno proceso de tratamiento de mi enfermedad y que me produjo la primer metástasis en el cuello -a fines de mayo del 83-durante mi estadía en aquella unidad.

O sea, que siempre fui un convaleciente de una dolencia grave, que en cualquier momento podía llegar a derivar en lo que actualmente es mi estado, situación ésta que era de pleno conocimiento del Comando de dicho cuartel: el Regimiento de Caballería Blindado 2 “Pablo Galarza”. Fui trasladado a él en abril del 82.

El Comandante de la unidad, Teniente coronel CONTI, me recibió en persona junto al 2º jefe Mayor Alvarez -sobrino del Presidente- y del Teniente 2º MANGINI.

Luego de mantener una charla muy correcta, en la cual se interesó detalladamente por mi salud, de pronto cambió de tono y, por primera vez en todos estos años, me comunicó oficialmente las condiciones de nuestra situación:

“No se confunda. Usted no tiene ningún derecho y está sometido totalmente a la discrecionalidad de lo que yo disponga. Si las cosas fueran al revés nosotros no la hubiéramos contado. Así que, por lo tanto, usted debe agradecer hasta el estar vivo. En consecuencia cada una de las órdenes que yo de a su respecto debe interpretarse como una concesión, que puede ser revocada en cualquier momento que yo lo quiera. ¿Está claro?”.

Le contesto que sí, lo cual no implicaba que yo aceptara ese planteo. Que yo tenía derechos y que éstos deben ser respetados, independientemente de su presunta voluntad omnipotente (ah! cuando dijo que debíamos agradecer el estar vivos, tuvo el tupé de decir que eso se debía a que vivíamos en una democracia).

En nuestra última entrevista, un par de meses antes de ir para el Penal, se terminó de sacar la careta. En medio de una discusión muy ‘urbana’ pero muy violenta, se le escapó:

“sí, en realidad con Uds. tendríamos que haber hecho jabón” .

El teniente MANGINI era el oficial S. 2, o sea el encargado general de todo lo que concernía conmigo.

El alojamiento era un calabozo amplio -de 3 x 3 mts.- el más grande en que viví en estos años y contaba con una serie de ‘comodidades’ insólitas: una mesa de cármica y una silla. Como contras tenía en común con casi todos los demás lugares: la humedad, se llovía y se inundaba con cualquier chaparroncito, un cuarto de su superficie, la ventilación era pésima.

Al día siguiente de llegar se me aparecieron comunicándome por escrito que iba a ser llevado al baño dos veces al día -a las 6 y 30 y 14 horas- y que iba a tener una hora diaria de recreo; que los viernes, dentro de ese lapso (y los martes) iba a poder bañarme con agua caliente y lavar ropa; el tiempo que sobrara se me llevaría al recreo. Obviamente iba a tener que realizar mis necesidades en un balde, en la celda, balde que llevaría a vaciar en cada ida al baño.

Toda parecía ir de perlas y, en cierto sentido, salvo la soledad, hasta mejor que en Paso de los Toros: la comida era mejor, me alcanzaban agua para el mate dos veces al día, la atención médica era mucho mejor y los traslados al hospital los hacían en ambulancia del cuartel, cosa que nunca me imaginé podía suceder.

El idilio terminó el primer viernes: me llevaron al baño, me dejaron enjabonar el cuerpo y la ropa y de sopetón me ordenaron que el baño había terminado -ya la orden de recreo se había cumplido muy escasamente los días anteriores-; por supuesto, primer Iío.

Mientras estuvo Mangini, no me faltó nunca lectura ni cartas: se me entregaban al poco rato de terminar la visita, con el paquete junto al recibo familiar (nada de ‘peaje’ por parte de los del S. 2 como en Flores y Colonia).

Bueno: en resumen estadístico establece que en total salí, promedialmente, seis veces por mes a recreo sumando todos ellos y hora y media por mes. Los picos fueron cuando se hizo cargo de la oficina del S. 2 el teniente 2º Albornoz en junio del ’82, en que, aparte de entregarme solo un libro por mes, bocharme la entrada y salida de cartas, salí una vez en junio cinco minutos, una vez en julio diez minutos y una vez en agosto cinco minutos.

Llevaba veinte dias de setiembre sin salir cuando me decidí a armar un escándalo que llegara al jefe, pues no había salido ni un solo día a tomar aire.

El asunto era muy grave porque tampoco me llevaban al baño. Llegué a pasar cerca de cien veces entre cuarenta y setenta horas sin ir al baño, soportando las emanaciones tóxicas del balde al fermentar las materias fecales y viviendo en medio de un aire tan viciado y un olor un nauseabundo que me provocaba permanentes malestares estomacales, que me impedían comer o me provocaban vómitos, aparte de eso, el balde se llenaba y tenía que usar diferentes recipientes: palanganas donde lavaba el menage y en determinado momento me ví obligado a defecar en el plato donde comía, porque si lo hacía en el suelo, luego iba a tener que soportar permanentemente el olor -como me sucedió en Colonia- donde durante meses a Révori y a mí nos obligaban diariamente a orinar en el piso del calabozo.

Al no salir al recreo o salir cinco, diez o veinte minutos, el calabozo nunca dejaba de tener un aire viciado permanente Era tal el olor que salta de los recipientes que varias veces, los soldados debían pedir relevo por descomponerse del estómago y eso que ellos estaban al aire libre .

Otro índice estadístico dice que durante el primer año tomé dos horas de sol, pues el resto de los “recreos” me los daban a la sombra.

El hostigamiento de los oficiales subalternos fue esporádico, lo mismo que las provocaciones llevadas adelante por los tenientes 2º BARRIOS y ALBORNOZ especialmente.

Independientemente de que el Comando conociera a fondo las irregularidades, es evidente de que lo tenía a rienda corta.

La higiene era pésima, si hubiera dependido de ellos, durante meses me hubiera bañado una vez cada veinte dias; pero como hacia gimnasia a diario, o casi (sin mucho fanatismo ni autoverdugueándome) me inventé una lluvia como la flauta de Bartolo -con un agujero solo, en la tapa de recipiente de plástico de detergentes y perfumol- y de esa manera me conservé mas o menos a tono, bañándome casi a diario.

Todo traslado fuera del ‘oso’ era encapuchado y esposado.

La orden de los custodias era: bala en la recámara y sin seguro.

Todavía no sé cómo estoy vivo, ya que en esas condiciones es muy fácil que se produzca un accidente, escapándose un tiro.

En dos oportunidades me salvé de milagro: una en Durazno, en el ’76, en que se le escapó un tiro de carabina a un soldado que hasta un segundo antes me estaba apuntando al cuerpo.

Otra en Colonia, en que el actual Sargento CHAVAZA -un buen tipo- siendo cabo, se le escapó una ráfaga de Thompson punto 45, a tres metros míos. Todavía no me explico cómo me funcionaron los reflejos y salí de la Iínea de tiro. En la pared, en la línea que estaba parado quedaron marcados dos semejantes agujeros.

Bueno: 6 meses antes del traslado al Penal, se ve que vino la orden de arriba de aflojar la mano y mejoraron el trato.

Comencé a tener diez, quince y hasta veinte recreos al mes, se acabaron las esposas hundidas en las muñecas y los empujones. Por lo menos una vez al día iba al baño y la higiene mejoró un poco.

Se hizo cargo el Teniente Gómez del S. 2.

No hubo más bochazos de cartas ni de libros, aunque de Sonia hacía casi 6 meses que no recibía carta, ni ella de mí, pero era cosa de Punta de Rieles.

¿Es a ésto a lo que se refieren cuando hablan de testimonios, de detalles o anécdotas o las interpreté mal? Haciendo abstracción de mi persona, le adjudico alguna importancia como testimonio, teniendo en cuenta el estado de salud del tipo verdugueando.

Pero al Bebe lo tuvieron y lo tienen 10 años con una hernia inguinal, a Manera mas de un año con un cálculo en la vejiga (en ambos casos sin preocuparse para nada) al alemán Engler 9 años con el bocho alterado y casi sin alimentarse …

En fin, mi caso no escapa a la línea general. Nos tendrían que haber hecho jabón”…

Testimonio de Jorge Manera Lluveras

“En mayo de 1980, nos llevan al cuartel de Paso de los Toros: a Wasem, a Engler y a mí.
Anteriormente habíamos estado en cuarteles separados y es en esa oportunidad que nos juntan a los tres. (…).
Cuando llegamos a Paso de los Toros, él ya sufría dolores intensos en la nuca y zona cervical. Había pedido asistencia médica pero le habían restado importancia. No sé exactamente si le habían hecho algún diagnóstico en el otro cuartel, creo que no.
Cuando ingresamos al cuartel, hay un control médico, el cual se da siempre a la entrada y salida, es decir cuando nos hacían traslados.
Adolfo plantea sus problemas y el diagnóstico que le hacen es contractura muscular y en base a ese diagnóstico es que lo empiezan a tratar dándole medicamentos, desconozco cuáles.
Los dolores siguieron durante mucho tiempo, meses, intensificándose cada vez más. En determinado momento comenzó a tener una inflamación en la zona cervical que fue creciendo. En ese momento cambia el diagnóstico, le dijeron que lo que tenía era un proceso infeccioso y empezaron a tratarlo aunque no conozco exactamente qué medicación le deban. (…).
La inflamación continuó agrandándose, llegando a tener un aspecto deforme. (…).
En abril del ’81, o sea un año después del ingreso allí y tal vez un año y medio después que empezó a sentir los síntomas, lo llevaron al Hospital Militar. Allí estuvo aproximadamente un mes y medio o algo más. Cuando vuelve, supe que le habían extraído un tumor, que le habían hecho cirugía y tratamiento con bomba de cobalto y quimioterapia. (…).
A nosotros nos sacan de ese cuartel en mayo del 82 (…). Durante ese período a él lo llevaron dos veces al hospital, es decir que no cumplieron con los plazos estipulados para el tratamiento.
Adolfo estaba en las mismas condiciones que nosotros. Las celdas eran muy pequeñas (…), y en muy malas condiciones.
Se llovían todos los calabozos (…), eran semi-subterráneas y muy húmedas.
En esas condiciones estuvo desde que le dieron el alta en el Hospital (…).”

Así relató Maneco Flores Mora, batllista y sobretodo artiguista, las condiciones en que fue tratado el indoblegable, el inquebrantable Nepo.

Carta de Manuel Flores Mora a Iris, la cuñada de Wassen escrita en el Hospital Italiano donde Maneco convalecía de cáncer.

“Querida Iris:
Déjame que le explique a esta gente quién eres. 
Esta preciosa es la cuñada de Wassen Alaniz. Dale un beso. 
Iris: te agradezco el telegrama de la familia de Wassen y te agradezco su grandeza.
Estos días me da tanta vergüenza, cuando me veo aquí, tan, tan, tan cuidado, pensar en gente que murió como Adolfo! 
¿Te das cuenta que abandonar a un enfermo al dolor, es mil veces peor que pegarle un tiro?
Cuéntales cómo Wassen, después de quimioterapias o cosas así lo ataban al piso de una camioneta, 
y entre puteadas, a la cárcel de vuelta, golpeteado en cada bache! 
Tú, Iris, que lo hablaste con él, eres testigo que da fe. 
¿Cómo está el viejo Wassen?
Dales un beso a cada uno de la familia. En cuanto a las “madres” que estén tranquilas.
A esperanza un beso menos cuatro. 
Quiero visitar cuando salga a Wassen viejo.
Un abrazo
Maneco”.

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